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El Palacio Real del Bosque del Abrojo

 

Las primeras noticias históricas que hacen referencia a la existencia de una construcción dependiente de la monarquía nos remiten a los tiempos de Isabel la Católica, de quien tenemos constancia de que mandó construir "un quarto de aposentamiento en el monasterio del Abroxo", cuyo importe aún se pagaba en tiempos de su hija Juana, según refiere Jesús Urrea en su trabajo "Palacios Reales". La existencia de un modesto palacio real anejo al Abrojo obedece a la costumbre de los reyes castellanos de establecer alojamientos junto a conventos de su devoción, especialmente franciscanos, para sus tiempos de retiro y meditación. La casa permanecería la mayor parte del tiempo deshabitada, por lo que desde la corte se solicitó la guarda y custodia de la misma al Padre Guardián de los franciscanos del Abrojo, a cambio de una limosna para la manutención del convento. Los frailes no aceptaron inicialmente, aunque, finalmente, en 1518, con Carlos I, solicitaron la custodia del edificio, que fue mejorado notablemente con este rey. Fue con Carlos I cuando los terrenos adyacentes fueron comprados y convertidos en bosque real, llevándose a cabo una repoblación con frondosas para convertir el término en zona de caza y descanso de los reyes. Fue encargado de esta intervención Felipe II, siendo aún príncipe (1550-1554). El bosque, que abarcaba una extensión comprendida "desde la esquina camino del cercado de la dicha casa real, hasta la puente que dicen de boecillo y hasta el rio Duero", coincide con el actual perímetro del Bosque Real. Consta en estas mejoras la gestión del mercader Rafaello Archaioli, invirtiéndose importantes cantidades de dinero, tanto en la adquisición de los terrenos como en la construcción de la cerca almenada, obra del maestro cantero Juan Redondo (1556), y que aún hoy se conserva, si bien con algunas actuaciones urbanísticas recientes completamente irresponsables y carentes de toda sensibilidad con la historia de este municipio, al destruir un tramo de unos 50 metros para establecer una entrada a una urbanización en su interior.


Con Felipe II, continuaron las reformas y mejoras en la casa real junto al convento. Consta en tiempos de este rey la ejecución de dos portadas gemelas, realizadas por el maestro cantero Juan de la Vega, en 1567. Las obras se realizaron con piedra de granito de Cardeñosa (Ávila), siguiendo el modelo de construcción de la Plaza Mayor de Valladolid, tras el incendio de 1561. La doble portada, portaba sobre dintel, el escudo real. Actualmente, se conserva una de las portadas con las pilastras, dintel, sustentado sobre zapatas, y escudo real. Según Jesús Urrea, el actual edificio que conserva el escudo y pilastras originales del palacete "pudo haber pertenecido a las dependencias del palacio real, pero cuyo aspecto actual impide emitir un juicio más preciso". Respecto al escudo, cabe destacar el águila de San Juan, cobijando las armas reales.


El incendio sufrido por el convento y dependencias del palacio real el 9 de abril de 1624, a buen seguro, modificó la fisonomía del palacio. El incendio se inició en el convento y se extendió por el coro de la iglesia hasta las anejas dependencias del palacio "por estar la tribuna de su majestad contigua con el dicho coro". Las llamas arrasaron el segundo piso, suelos y techumbre, no quedando de provecho " mas que tan solamente el primer suelo y paredes". La restauración se dilató mucho en el tiempo. No ocurrió lo mismo con el convento, que se reconstruyó en apenas dos años. Los datos conservados sobre la restauración, así como el informe sobre los efectos del incendio, nos ofrecen una descripción de las dependencias y estructura del palacio. Según esos informes, los muros eran de tapia, tierra y ladrillo. Existían varios edificios; el principal, destinado al alojamiento de los reyes, disponía de dos pisos. Estaba situado al sur, "desde la capilla mayor del dicho convento hasta la cerca del bosque"; se accedía por un soportal, que hacía funciones de puerta de ingreso. La planta inferior tenía dos habitaciones, con pavimento empedrado y techo de bovedillas, cuyas plantas medían 31 pies (8,68 m) y 41 pies (11,48 m). Estas superficies muestran la modestia de la edificación. Una escalera de doble tiro daba acceso al piso superior, que aparecía embaldosado de ladrillo cortado y raspado. La escalera desembocaba en el "cuarto de recibimiento" , que disponía de chimenea con campana. La planta superior mantenía la superficie de la inferior, repartida igualmente en dos habitaciones. Se describen también las caballerizas, que tenían unas dimensiones de 132 pies ( 37 m), "...que arrima a la puerta del patio antes de la iglesia, que tiene la puerta a la plaza de palacio". Esas dependencias fueron reconstruidas casi al completo. La reconstrucción, tras el incendio, fue dirigida por Francisco de Praves, arquitecto y maestro mayor de obras de la Casa Real en Valladolid. En 1638, tras 14 años desde el incendio, continuaban las obras, siendo sustituido Praves por Melchor de Beya, tras la muerte de aquel. En 1646 se realizaron nuevas obras de reconstrucción, sustituyendo vigas deterioradas por el incendio e instalando nuevos suelos, bovedillas y tejados; se repararon ventanas y puertas y se arregló la escalera. Nuevas reparaciones se llevaron a cabo en 1757, dirigidas en esta ocasión por el arquitecto jerónimo Fr. Antonio de San José Pontones. Con este arquitecto se abordó la reparación de la cerca del Bosque, construida en 1556, y que había sufrido ya numerosas reparaciones, tras 200 años de existencia.

 

Sobre la ocupación de las dependencias reales por parte de la monarquía, tenemos constancia de las visitas de Isabel la Católica gracias a las crónicas de Galíndez de Carvajal; Carlos V, según el cronista de la orden franciscana P. Calderón; y Felipe II, según las crónicas de Enrique Cock .
J. J. Martín González, coordinador del Catálogo Monumental de la Provincia de Valladolid, describe los restos y dependencias reales que subsisten de la siguiente manera:" Hay... un cuerpo de edificio de forma rectangular. Es de ladrillo, con sus pilastras y recercados planos en las ventanas, típicos ya de la época de Felipe II. En medio se halla la portada, hecha a base de tres monolitos de granito para las jambas y dintel. Este descansa sobre las jambas por medio de zapatas, cuyo frente se perfila en forma de S, como las de la Plaza Mayor de Valladolid. En medio del dintel campea el escudo de la monarquía. Todos estos restos han de adscribirse a los tiempos de Felipe II, en que la severidad se impuso en la arquitectura."

Con base en las informaciones precedentes, cabe concluir que, al menos, la portada que contiene las pilastras, zapatas, dintel y escudo real pertenecen a una de las dos portadas gemelas de Juan de la Vega de 1567. Respecto al resto del edificio, no hay actualmente información suficiente para emitir un juicio definitivo. Sin embargo, ateniéndonos a la descripción de materiales y los informes sobre el incendio de 1624, no es descartable su datación en esas fechas, pues el primitivo edificio mantuvo la primera planta, tras el incendio, constando sus muros de ladrillo macizo como el actualmente conservado. No obstante, la inexistencia de la segunda portada gemela hace más probable la datación en alguna de las sucesivas reformas del palacio, (1638, 1646 o 1757), añadiéndose entonces los estribos semicilíndricos que flanquean la portada que aparecen en la actual construcción.
En todo caso, se hace necesario un informe técnico que pueda precisar mejor esa datación. Sin embargo, el edificio contiene suficientes referencias y certezas históricas para que sea protegido como bien de valor histórico y patrimonial para Laguna de Duero.

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