El retén

El sistema municipal de impuestos de cuarenta años atrás tenía más bien pocas similitudes con el actual. Entonces, la retribución en especie formaba parte, habitualmente, del jornal de muleros, braceros y demás trabajadores del pueblo. Era común adelantar el jornal semanal con entrega de determinadas cantidades de garbanzos, alubias etc, para que las familias fueran tirando. Herreros y guarnicioneros tenían que esperar a la conclusión de la cosecha para cobrar sus servicios. La plantilla laboral del Ayuntamiento la componían un secretario, un administrativo y el alguacil. Las calles eran de tierra y el agua se cogía en la fuente con los cántaros (o en la acequia, cuando había que guisar legumbres). No había entidades financieras porque no había dinero; y el poco que circulaba era realmente para comprar cosas necesarias. Si alguna familia lograba la proeza de ahorrar algún real, su destino era reposar debajo de alguna baldosa en cualquier lugar desapercibido de la casa, que ya vendrían sequías o pestes para hacer volar los reales en un santiamén.
No cabía, pues, una contribución monetaria sobre el común de la población, carente de un patrimonio que les permitiera otra cosa que no fuera vivir al día. En esas circunstancias, la única contribución posible de los vecinos al servicio del bien común era la que pudieran prestar con sus propias manos. Para los que disponían de algo más, existían otros impuestos, como era el impuesto domiciliario de sacrificio de cerdos, que gravaba al dueño con veinte céntimos por kilo; o las alcabalas, para los que traían sus mercancías de fuera para vender; el rematante del matadero o, posteriormente, el alguacil se debían de encargar de llevar la romana municipal y pesar el animal para establecer el cálculo.
La contribución general que cabía en aquel medio de vida era lo que se conocía como el retén. El retén era una contribución librada con el trabajo manual de los vecinos. Cada cierto tiempo, los vecinos contribuían a la provisión de necesidades del municipio aportando su trabajo o sus medios; así, el que disponía de un carro y una yunta podía ver requisadas ambas por requerimiento municipal durante una jornada.
El alguacil llevaba el control de los turnos y sabía a quien correspondía en cada momento hacer efectiva la contribución. En esa supervisión pedía la colaboración de la Hermandad.
En las casas de labranza que contaban con empleados, el retén se aplicaba sobre muleros y braceros, como si fueran un recurso más del propietario; así, cuando uno de estos amos era requerido para el retén, él enviaba los muleros solicitados con el par y carro correspondientes. El que no disponía de patrimonio suficiente, contribuía en calidad de bracero.
Entre los trabajos realizados por el retén estaba el olivo y tala de pinos para leña para las estufas de la Escuela, Ayuntamiento y Cuartel de la Guardia Civil; el transporte en carros al aserradero; cargar y picar piedra ( con porrillas y gafas de tela metálica), que se traía de una gravera próxima a la fuente Juana, para arreglo de calles o caminos; y en los últimos tiempos, la preparación de talanqueras para los encierros, labor que se tenía encomendada al aserrador.
El aporte de cada propietario de labrantío estaba en función del número de parejas de ganado de que dispusiese.
El retén perduró hasta el año 1947, según recordaba Carmelo. Posteriormente, como contaba Martín, el último alguacil, todavía se solicitaban carros que el propio alguacil llevaba para la carga de leña o serrín.

Laguna de memoria, J.Palomar

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