Enlaguna

 

Correr los gallos

Los quintos laguneros, como los de cualquier pueblo, celebraban sus fiestas y rituales con las tradicionales pedidas por las casas, las comidas, la hoguera, los bailes y con ese ritual peculiar que era correr los gallos; un juego que convertía a los quintos en caballeros de la guerra, simulando un torneo medieval a lo pobre; una representación grotesca y chancera donde el enemigo aparece representado por un ave de corral y donde la sangre podría ser la prueba palpable de un rito iniciático, transformado por la sabiduría popular en una caricatura de la guerra. El gallo, representante y vocero del Sol en la Tierra, que obliga a los humanos a reiniciar sus fatigas con el anuncio de la llegada del astro rey cada mañana, será sacrificado en venganza a su tiranía.
Cada uno de los quintos estaba obligado a presentar un gallo para el festejo. En caso de no conseguirlo, podía llevar un conejo, un cordero u otro animal de corral, siempre que fuera comestible. En algún caso excepcional, se llegó a llevar un gato. Los gatos no estaban admitidos como tributo, y más bien pudo suponer una incorporación para retar la pericia de los participantes que no sirvió de precedente.
Cada quinto, además del gallo, debía agenciarse un caballo o yegua, ya fuera propio o prestado. Para los menos pudientes, siempre quedaba el recurso del burro, que era igualmente admitido de buen grado. Finalmente, debían de confeccionarse una espada o artefacto casero que hiciera las veces de objeto punzante; cada cual se las ingeniaba como podía, o bien se pedía prestado a quintos pasados; y si no, hasta el gancho de la lumbre, arreglado para la ocasión, era suficiente; algunos hasta echaban mano de las varillas de cualquier paraguas viejo.
En una calle del pueblo, que generalmente era la Calle del Arrabal, o la Calle Sol, se ataba una cuerda de lado a lado, y sobre la cuerda se ataban los gallos o conejos de la patas, cabeza abajo. Cada envite uno. Todos los quintos tenían que intentar sablear al animal con el caballo o burro a galope. En el punto de partida, era habitual que cada uno de los quintos, en el momento de arrancarse, recitara una encomienda, una jaculatoria o una sentencia festiva como esta:
¡Oh, gallo cantador que cantaste esta mañana, vas a venir a morir a la punta de mi espada!
Una vez que habían pasado todos los quintos, o bien si el gallo andaba ya excesivamente castigado, era retirado y sustituido por un nuevo animal.
Era común que otros mozos próximos a las cuerdas las levantaran en el momento en que el quinto de turno se disponía a ensartar el estoque, hecho que era recibido con gran disgusto por la víctima de la broma, al tiempo que por las risas y regocijo de los asistentes.
Quienes han participado en este ritual, cosa que sólo se podía protagonizar una vez en la vida, cuentan que el estoque más delicado de marcar era el de los conejos, porque al clavar la espada, las tripas salían y salpicaban, y quedaban colgando.
El más difícil todavía era cuando, excepcionalmente, se colgaba algún gato. En ese caso, debía de ir tapado con un saco, porque si no el animal no paraba de retorcerse y respingar haciendo imposible la faena de los rejoneadores.
Finalmente, con la faena concluida, varias de las madres de los quintos se encargaban de desplumar las aves ensangrentadas y cocinarlas para ser devoradas por los quintos en un festín final.
En los últimos tiempos, no se sabe si el afán de modernidad o simplemente la carencia de recursos permitieron la aparición de alguna bicicleta, grotesco emulador de las nobles caballerías o los tradicionales pollinos, anunciando tal adulteración un inminente final de la tradición.
A principios de los cincuenta, la fiesta desaparece. El penúltimo año, un nublado de muy mala pinta apresuró el festejo, poniéndose los gallos apareados para abreviar el evento. Fue un presagio de su final. En el año 53, los quintos consiguieron colgar los gallos con la oposición del párroco. Fue el último año. Algunos dicen que fue la Guardia Civil quien lo prohibió. Otros añaden que fue a instancias del cura párroco. La mayoría no conoce los motivos a ciencia cierta, aunque en general se piensa que se trataba de una costumbre bárbara que empezaba a ser mal vista por las gentes más cultas e influyentes del municipio y de la misma capital.
El ritual sobrevivió a la prohibición algunos años más, transformada su enjundia al ser sustituidos los gallos por cintas, que igualmente había que ensartar con la espada. Una de las cintas era la cinta del puro; el que la ensartaba tenían que invitar a todos los demás quintos a un puro. Finalmente, la costumbre que se había venido celebrando todos los febreros, desapareció, quedando algunos años más la tradición de preparar una comilona de gallos, que las madres mataban, evitando el espectáculo.

Laguna de memoria, J. Palomar.

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