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Tradiciones vivas

 

Las Águedas

En una sociedad rural, precaria y carente de cualquier amparo social que no fuera la propia familia, la muerte del cabeza de familia podía suponer una catástrofe para la viuda, sobre todo si se trataba de una familia humilde, sin patrimonio. Conscientes de esa situación, a principios del siglo XIX, algunas mujeres laguneras tuvieron la valentía y el atrevimiento, en una sociedad regida por los hombres, de crear su propia organización de socorro mutuo. En 1835, después de años de experiencia de hermandad, fundan la Congregación y Hermandad de Santa Agueda con sus propias reglas. En la sociedad de aquella época las mujeres no gozaban de la autonomía legal que hoy juzgamos como legítima, estando jurídicamente subordinadas a sus maridos; así que tenían que ser los maridos los que dieran su anuencia a las esposas para constituirse en sociedad. Los maridos de entonces debieron entender como razonable la fundación de aquella cofradía; o bien ellas tomaron el consentimiento por la fuerza; lo cierto es que la hermandad, compuesta exclusivamente por mujeres, se constituyó con sus propias ordenanzas; aunque eso sí, vinculada a la Iglesia, que ejercía una especie de supervisión de la actividad de la cofradía a través del párroco de la localidad, que disfrutaba de la prebenda de ser el único varón presente en los cabildos de la hermandad. A los maridos siempre les quedaba la opción de ingresar en la Sacramental, cofradía de formación exclusivamente masculina.
Las hermanas de la cofradía hacían una especie de voto de ayuda mutua, socorriéndose en los momentos de necesidad y especialmente en los casos de fallecimiento del marido, enfermedad familiar o estado grave de pobreza. En caso de muerte de una hermana, el resto de cofradas se comprometía a escotar para enterrarla en caja si la familia no podía pagarla. Y los huérfanos, si eran pequeños, eran socorridos en lo referente a alimentación, lavado y cosido de ropas.
Presidía la cofradía una mayordoma, que ostentaba la vara representativa de la autoridad durante un año. En los primeros tiempos era costumbre nombrar dos mayordomas; una, la más antigua en la cofradía, por turno; y la otra, la de más reciente ingreso; esto proporcionaba un equilibrio en la representación de las hermanas entre la experiencia de las mayores y la impericia de las más jóvenes. Con posterioridad, se limitó el nombramiento a una sola mayordoma, por turno también; pero manteniendo la filosofía del equilibrio entre antiguas y novicias; alternando en el nombramiento a unas y otras. La mayordoma presidía los cabildos de la hermandad y adquiría el compromiso de acoger a las hermanas en su casa para la celebración de los mismos, dando un convite consistente en "dos bizcochos y un vaso de limonada" en sus tres principales cabildos: el de las vísperas, el cuatro de febrero; el de la fiesta de Santa Agueda, el cinco de febrero; y el de elección de nueva mayordoma, el seis de febrero.
Los cabildos contaban obligatoriamente con la presencia del sacerdote, que era quien portaba el libro de la cofradía y quien registraba los acuerdos de la misma. Ningún otro hombre podía entrar en el cabildo. Los músicos esperaban en una habitación al lado. Mientras el libro permanecía abierto, en presencia del párroco, todas las hermanas debían de guardar silencio, siendo multadas en caso contrario. El contenido de los cabildos era secreto; en caso de publicación de los acuerdos de los mismos, la transgresora era expulsada de la cofradía.
Las actividades de la cofradía tenían carácter obligatorio, siendo multadas las ausentes en cabildos, funerales de hermanas y celebraciones.
Los funerales por las hermanas finadas era uno de los actos que más sentido daba a la cofradía. Había un día dedicado a este fin: el día 6 de febrero, en memoria de todas las hermanas difuntas. Era un día de especial sensibilidad para las cofradas, hermanadas para honrar la memoria de sus compañeras fallecidas.
Cuando una hermana fallecía, había que velarla por turnos y asistir al entierro portando velas.
El aporte de cirios estaba regulado por la hermandad: era obligatoria la entrega de un cirio de cuatro libras de cera al ingreso de una nueva cofrada. "…acompañarán con cera" en el entierro y funeral de una hermana. Y así mismo, tenían que portar cirios en todas las celebraciones propias de la cofradía, incluida la procesión de la santa.
El ingreso en la cofradía tenía un carácter restringido, siendo requisito imprescindible la condición de mujer casada. El ingreso se hacía previa solicitud de una de las hermanas, que intercedía en favor de la nueva peticionaria. El cabildo deliberaba en ausencia de la hermana intercesora; comunicándosele posteriormente la decisión tomada. Si el acuerdo era favorable, la intercesora se responsabilizaba de "instruir a la novicia". Era común que las propias madres propusieran a sus hijas cuando éstas se casaban. El celo en la admisión de nuevas cofradas venía impuesto por las propias dimensiones de las casas. Con más de treinta cofradas, atender convites y cabildos se convertía en un grave problema para la mayordoma, que tenía que reunir a todas en la cocina.
Dado que la austeridad era un principio asumido por la cofradía, estaba prohibido hacer ostentación en los convites, debiendo ser estos lo más sobrios posibles a fin de facilitar a las hermanas con dificultades económicas su celebración cuando el cargo las obligase. En todo caso, todas las hermanas tenían derecho "…a los bizcochos reglamentarios".
Para todo aquello que facilitase el orden y organización de la hermandad, la mayordoma nombraba una mullidora que, entre otras actividades, se encargaba de atender el convite.
El día de la Epifanía, la mayordoma convocaba el primer cabildo, "…para tomar los acuerdos necesarios para la celebración de la fiesta de Santa Agueda". La fiesta de la santa comienza el día anterior, 4 de febrero, con vísperas solemnes y posterior cabildo, donde se acuerdan la hora de la procesión y misa solemne. En ese cabildo se nombran las campaneras, que acudirán al día siguiente por la mañana temprano a voltear las campanas para anunciar la fiesta a todo el pueblo. En los últimos tiempos ya no se nombraban campaneras, ejerciendo como tal todas aquellas hermanas con disponibilidad para acudir a la mañana siguiente a tañer las campanas. El momento del toque de campanas era especialmente bullicioso y alegre para las campaneras, que se encaramaban hasta el campanario, torre arriba, para lanzar campanas y badajos al vuelo en cuanto despuntaba el día.
El día grande comienza con el toque de campanas. Las hermanas cofradas, acompañadas de música, acuden a casa de la mayordoma a buscar la vara. La mayordoma sale con la vara y, acompañada por el resto de las cofradas, se dirige a la iglesia. Se celebra a continuación la misa y sacan a la santa en procesión, portando cirios cada una de las hermanas. Posteriormente era costumbre bailar jotas por las calles, acompañadas de dulzaineros. La fama de festeros ha debido acompañar siempre a las gentes de Laguna, hasta el punto de hacer figurar en una regla adicional de la cofradía los límites que no podían franquear las hermanas en sus celebraciones: "…para lo que se establece que no pueden pasar los límites de la acequia o canal". Al tiempo que se bailan las jotas por las calles, las hermanas van pidiendo por las puertas con el fin de recaudar fondos para las necesidades de la cofradía y cumplir los fines expresados en sus reglas.
Los tiempos, como es lógico, han ido cambiando algunas de las costumbres, que acercan a las águedas a celebraciones acordes con los tiempos modernos, como es el caso de la cena de hermandad. Y en otros aspectos se intentan aportar visos tradicionales, como el de ir ataviadas con trajes regionales en los últimos tiempos; aunque parece ser que las águedas siempre gustaron de llevar trajes vistosos, poniéndose las antiguas cofradas sus trajes de gala para las celebraciones de la santa. Tomar las sopas de ajo en casa de una de las cofradas es otra costumbre que se va imponiendo, sin que esté claro el origen de la misma.
La sociedad actual tiene cubiertas institucionalmente las situaciones de desamparo que llevaron a la creación de esta hermandad, que hoy mantiene la tradición, aunque los fines se van orientando por enfoques más lúdicos y de convivencia, además de la devoción religiosa.

Laguna de memoria, J. Palomar.